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Cantando bajo la lluvia

Nerea en plena acción

Cantando bajo la lluvia

Oigo el despertador entre sueños. Son las tres de la mañana. Tengo que levantarme a “desayunar”, arroz con unas rodajas de tomate; no es que tenga ganas de comer, pero más me vale meter algo en el estómago antes de arrancar. Bolas de arroz será también el menú en carrera. Miro el reloj, tres y cuarto, tengo todo listo, aun puedo arrancarle una horita a la cama.  

  Es noche cerrada.No llueve, pero se respira humedad. Nerviosa, como siempre, pero con muchas ganas de vivir una nueva aventura. Cohete y empieza la fiesta! Arrancamos a buen ritmo, una chica por delante, yo a lo mío, calentando motores. Nos caen las primeras gotas y el típico “sirimiri” de la región se torna en fiel compañera. Se suceden las subidas, crestas técnicas de piedra caliza muy resbaladiza por el agua y descensos “divertidos” por el lodazal del terreno.

En estos momentos llueve a cantaros  y en los altos el viento arrecia con fuerza; la niebla no deja apreciar en todo su esplendor los bellísimos paisajes que atravesamos. Estoy calada hasta los huesos; algo de frio en las alturas pero aun no inquietante. Una marcha continua mantiene mi cuerpo caliente; apenas paro en los avituallamientos donde Jorge Cruz y mi ama me están asistiendo. Nos está haciendo un tiempo de perros, el recorrido es exigente y los caminos están hasta arriba de barro (he perdido ya la cuenta de las veces que he bajado arrastrando el culo) pero hoy estoy, por fin, disfrutando de verdad. Llego a Urepel, kilómetro 72, dudo entre cambiarme o esperarme al siguiente punto. Aún quedan unas horas de día y llueve a mares.

Voy totalmente empapada, pero sin frio. Nunca me cambio de ropa en estas distancias tan “cortas”, pero tampoco nunca me había llovido así durante tantísimas horas. Decido parar lo mínimo y seguir. El terreno ahora es más cómodo de correr, aunque el barro sigue haciendo de las suyas. Casi anocheciendo llego a Roncesvalles; Jorge me espera con ropa seca. Estoy tiritando; ahora sí, mejor cambiarme. Con un caldo caliente, salgo de allí renovada. Mi ritmo sigue siendo constante, las sensaciones inmejorables y ni la lluvia, niebla y barro me desaniman. La visibilidad en algunos puntos es nula, debo extremar las precauciones para no perder las marcas; me cruzo en el sendero a un voluntario rebalizando el camino, excelente organización.

Corono el ultimo pico y empiezo el descenso; intuyo que la pendiente es fuerte, voy resbalando continuamente, apenas veo nada. Pero sigo disfrutando. Sé que la meta está cerca (me va a dar hasta pena acabar). Veo las luces de Baigorri;  “vuelo” sobre el barro viendo que las piernas me acompañan esta vez hasta el final. Apenas hay gente, son casi las dos de la mañana, “mala” hora para llegar. Abrazo a mi madre y Jorge, estoy exultante!